Existe una creencia extendida: cambiar requiere esfuerzo sostenido y sacrificio prolongado. Sin embargo, la experiencia muestra algo diferente. Lo más difícil no suele ser el proceso en sí, sino el instante previo a comenzarlo.
El esfuerzo verdadero es breve. Es solamente el cruce de un umbral.
Antes de
iniciar cualquier transformación —dejar un hábito, cambiar una relación,
modificar una dirección profesional o interna— aparece una fricción. Esa
fricción no es pereza ni falta de carácter. Es una reorganización biológica.
Requiere abordar desde la misma biología. Comprendiéndola como vehículo intrínseco
de la psique.
Cuando el organismo percibe amenaza o incertidumbre, activa patrones de supervivencia. La prioridad no es evolucionar; es conservar. Desde ese estado, cualquier movimiento hacia lo desconocido se interpreta como riesgo. La energía se concentra en sostener lo conocido, aunque lo conocido ya no resulte fértil.
Diversas investigaciones en neurofisiología y regulación autonómica, entre ellas las desarrolladas por Stephen Porges, describen cómo el sistema nervioso oscila entre estados defensivos y estados de conexión. En modo defensivo, el cuerpo se prepara para luchar, huir o congelarse. En modo regulado, en cambio, la percepción se amplía y las decisiones se vuelven más precisas, con más voluntad para llevarlas a la acción.
El primer paso de toda transformación consiste, entonces, en salir del estado defensivo. No en imponerse más presión.
La incomodidad necesaria
Hay un momento en el desarrollo biológico que ilustra este fenómeno con claridad: el nacimiento.
Durante meses, el entorno uterino es protección y límite. Contiene, nutre y define un marco. Sin embargo, llega un punto en que ese mismo espacio se vuelve restrictivo. No porque sea hostil, sino porque ha cumplido su función.
Permanecer deja de ser viable.
El tránsito hacia el exterior no ofrece garantías. Es una transición radical: de la temperatura constante al aire frío, del sonido amortiguado al ruido directo, de la fusión a la separación. Si pudiéramos traducirlo en términos conscientes, sería una experiencia cercana a la disolución.
Toda transformación profunda reproduce, en escala psicológica, ese patrón biológico. El espacio que sostuvo una etapa de la vida comienza a sentirse estrecho. Lo familiar se vuelve incómodo. Y, sin embargo, atravesarlo implica incertidumbre.
El umbral siempre es incómodo.
Respirar para atravesar
Si el obstáculo principal es el estado defensivo, la herramienta inicial no puede ser la fuerza bruta. Necesita ser reguladora.
La respiración consciente —lenta, observada sin juicio— actúa como modulador del sistema nervioso. No es una técnica mística ni una fórmula mágica. Es una vía fisiológica de acceso a la regulación.
Observar la respiración sin intentar modificarla, permitir que el aire entre y salga mientras la atención permanece estable, genera un fenómeno sencillo pero profundo: el organismo recibe la señal de que no hay amenaza inmediata.
En ese espacio mínimo de seguridad interna, algo cambia. La percepción se amplía. La reacción automática pierde intensidad. Aparece una fracción de libertad.
No se trata de evitar la incomodidad. Al contrario. Cuando la respiración se sostiene, comienzan a emerger sensaciones, pensamientos y emociones que suelen interrumpir el proceso. Ansiedad, imágenes, recuerdos, resistencias.
Al comprender aquí, en esta lectura, que son indicadores (dichas sensaciones emergentes), ya no obstáculos. Revelan dónde el pasado continúa organizando el presente. Cada interrupción señala un punto de fijación.
Atravesar el umbral implica permanecer lo suficiente en esa incomodidad sin anestesiarla y sin dramatizarla.
Puede parecer contradictorio: para avanzar es necesario, primero, soltar la urgencia de avanzar.
Sin embargo, cuando la acción nace de un estado regulado, el movimiento requiere menos fricción. La energía deja de gastarse en defensa y puede orientarse hacia creación.
Como en el nacimiento, la pregunta no es si el exterior es incierto. Lo es. La cuestión es qué resulta más restrictivo: permanecer en un espacio que ya no permite expansión o atravesar el límite que inaugura una nueva etapa.
El esfuerzo, en este contexto, no es una carga interminable. Es el impulso inicial que rompe la inercia. Una vez atravesado el umbral, el proceso encuentra su propia dinámica.
Lo que parecía imposible desde el estado defensivo se vuelve natural desde un estado regulado.
El cambio
no exige heroísmo permanente.
Exige, primero, el coraje de atravesar el umbral invisible.

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